El texto siguiente fue escrito el martes 1º de abril de 2008.
Realmente me siento apenado por la situación que se vive hoy en día en la Argentina. Aunque más que pena, siento vergüenza. No puedo entender cómo es posible que un país pueda llegar a una situación tal como en la que estamos, donde las personas no sienten amparo, ni siquiera, por parte del gobierno.
A raíz de lo que he leído y visto en los noticieros (y también experimentado por cuenta propia) puedo afirmar que es miedo lo que siento al enviar esta carta, ya que no sé que medidas podrían tomarse como respuesta a la misma, si alguna persona la considera ligeramente ofensiva.
Me gusta pensar que mis opiniones son lo más racionales posibles, aunque lamentablemente uno siempre se ve afectado por su ideología personal. De todas formas, después de mucho pensar y discutir los temas que explicaré, pude llegar a una respuesta que creo considerar como “realista”.
Primero y principal, quiero expresar mi total disgusto con respecto a un hecho que vivencié algunos días atrás, el miércoles 26 de marzo, más o menos a las 21 horas. Estaba mirando el noticiero, el cual mostraba lo que ocurría en Plaza de Mayo, cuando en un momento comienzan unos disturbios y peleas se iniciaron por entre la multitud. Al principio pensé “bueno, ahora aparecerá la policía y solucionará, o al menos tratará de solucionar, las revueltas”, pero al notar que el tiempo pasaba y ni rastro de fuerzas policiales había, decidí llamar, yo, al 911 para comunicar los incidentes. Esperé en el teléfono, dos o tres tonos, cuando una especie máquina contestadora atendió, diciendo algo similar a “Lamentamos no poder atenderlo, si esta en un apuro, por favor, guarde la calma y busque refugio”. No lo podía creer. ¡La mismísima policía me estaba dando la espalda! Y no sólo a mí, sino a todas las personas que necesitaran ayuda. ¿Es realmente ésa la forma de “deshacerse” de la oposición? ¿Privándolos de su seguridad? ¿Dejándolos desprotegidos ante un ataque? Aunque es cierto que la policía finalmente apareció. Más de 15 minutos después. Dudo mucho que (ya sabiendo que había un conglomerado de personas frente a la Casa Rosada) las fuerzas policiales tuvieran que tardar 15 minutos en llegar al lugar de “la acción”. No quiero señalar a nadie, pero después de haberlo pensado mucho, me cuesta creer que fue casualidad el hecho de que no haya habido seguridad policíaca en ese lapso de tiempo.
Otro hecho que me molestó fue que, siendo los cacerolazos una forma pacífica (o al menos, no violenta) de expresar el disgusto que cierta parte de la población tiene, se le haya respondido de forma violenta. Y peor aún, que suponiendo que todos poseemos el derecho de libertad de expresión (porque aparentemente no es así), se les sean reprimidas sus intenciones de expresarse. No recuerdo si lo leí, o si me comentaron que la presidenta había enviado a D’Elía y sus hombres (o al menos así oí que eran mencionadas las personas que lo acompañaban) a “encargarse” de la gente que se manifestaba frente a la Casa Rosada. En un principio no lo creí. No pensé que la presidenta de la nación pudiera haber decidido tomar una medida tan injusta y autoritaria; pero días después, al escuchar su discurso y ver que el mismo hombre se encontraba junto a ella, mis ideas se tornaron algo confusas.
Con respecto al problema de las retenciones, no creo estar en una posición en la que pueda opinar muy a fondo. Por más que haya seguido la noticia desde el día uno (junto con opiniones a favor, en contra, desde el adentro y el afuera), no logro comprender correctamente el mecanismo de las retenciones; sin embargo, sí me veo en posición de opinar sobre las justificaciones que se han presentado al respecto. No considero justo relacionar éste conflicto con una diferencia de clases socio-económicas. Creo que la polarización (de clases) que se viene gestando en el país desde hace ya varios años, ha producido conflictos internos en las clases sociales argentinas, por lo que seguir haciendo hincapié en éste problema, puede desviar la atención del público, pero, asimismo, puede encauzar una “guerra de clases”. Es decir, ¿Cómo lograremos vivir en un país unido si, cada vez más, se nos inclina a detestar a las personas que no se encuentran en nuestra misma situación socio-económica? No pude evitar escuchar a varios amigos míos justificando el tema en cuestión con la expresión “claro, ahora los ricos en vez de ganar un millón de pesos, quieren ganar dos millones”. Mi respuesta a esto es la siguiente: ¿Cuál es el problema? Todo trabajador desea poder mejorar sus ganancias. Por ejemplo: un hombre dueño de un pequeño bar familiar (aclaración: el ingreso del hombre y su familia es suficiente como para que la familia subsista) desea aumentar sus ventas para así poder cambiar el televisor de su casa por uno más grande. ¿Por qué éste último caso es diferente al del millonario? Los dos buscan una riqueza innecesaria. Si continúo con el razonamiento de mis amigos, podría decir que no es justo que, el hombre y su familia, quieran (y logren) aspirar a más de lo que necesitan. Si realmente creemos esto, tendríamos que cambiar nuestro sistema “democrático” por un sistema un tanto más parecido al comunista, donde nadie, por más esfuerzo que haga, pueda ser digno de una recompensa superior a la que la mayoría de la población cree justa obtener. Puede no ser éste el verdadero problema de las retenciones, pero me pareció necesario aclarar la confusión de algunas personas que puedan pensar de manera similar.
(aclaración: el texto fue pensado como una carta de lectores, que no envié por su extensión. Además, no pude terminarla por falta de tiempo en el momento en que la escribí. Aunque quería compartir mi opinión.)
Realmente me siento apenado por la situación que se vive hoy en día en la Argentina. Aunque más que pena, siento vergüenza. No puedo entender cómo es posible que un país pueda llegar a una situación tal como en la que estamos, donde las personas no sienten amparo, ni siquiera, por parte del gobierno.
A raíz de lo que he leído y visto en los noticieros (y también experimentado por cuenta propia) puedo afirmar que es miedo lo que siento al enviar esta carta, ya que no sé que medidas podrían tomarse como respuesta a la misma, si alguna persona la considera ligeramente ofensiva.
Me gusta pensar que mis opiniones son lo más racionales posibles, aunque lamentablemente uno siempre se ve afectado por su ideología personal. De todas formas, después de mucho pensar y discutir los temas que explicaré, pude llegar a una respuesta que creo considerar como “realista”.
Primero y principal, quiero expresar mi total disgusto con respecto a un hecho que vivencié algunos días atrás, el miércoles 26 de marzo, más o menos a las 21 horas. Estaba mirando el noticiero, el cual mostraba lo que ocurría en Plaza de Mayo, cuando en un momento comienzan unos disturbios y peleas se iniciaron por entre la multitud. Al principio pensé “bueno, ahora aparecerá la policía y solucionará, o al menos tratará de solucionar, las revueltas”, pero al notar que el tiempo pasaba y ni rastro de fuerzas policiales había, decidí llamar, yo, al 911 para comunicar los incidentes. Esperé en el teléfono, dos o tres tonos, cuando una especie máquina contestadora atendió, diciendo algo similar a “Lamentamos no poder atenderlo, si esta en un apuro, por favor, guarde la calma y busque refugio”. No lo podía creer. ¡La mismísima policía me estaba dando la espalda! Y no sólo a mí, sino a todas las personas que necesitaran ayuda. ¿Es realmente ésa la forma de “deshacerse” de la oposición? ¿Privándolos de su seguridad? ¿Dejándolos desprotegidos ante un ataque? Aunque es cierto que la policía finalmente apareció. Más de 15 minutos después. Dudo mucho que (ya sabiendo que había un conglomerado de personas frente a la Casa Rosada) las fuerzas policiales tuvieran que tardar 15 minutos en llegar al lugar de “la acción”. No quiero señalar a nadie, pero después de haberlo pensado mucho, me cuesta creer que fue casualidad el hecho de que no haya habido seguridad policíaca en ese lapso de tiempo.
Otro hecho que me molestó fue que, siendo los cacerolazos una forma pacífica (o al menos, no violenta) de expresar el disgusto que cierta parte de la población tiene, se le haya respondido de forma violenta. Y peor aún, que suponiendo que todos poseemos el derecho de libertad de expresión (porque aparentemente no es así), se les sean reprimidas sus intenciones de expresarse. No recuerdo si lo leí, o si me comentaron que la presidenta había enviado a D’Elía y sus hombres (o al menos así oí que eran mencionadas las personas que lo acompañaban) a “encargarse” de la gente que se manifestaba frente a la Casa Rosada. En un principio no lo creí. No pensé que la presidenta de la nación pudiera haber decidido tomar una medida tan injusta y autoritaria; pero días después, al escuchar su discurso y ver que el mismo hombre se encontraba junto a ella, mis ideas se tornaron algo confusas.
Con respecto al problema de las retenciones, no creo estar en una posición en la que pueda opinar muy a fondo. Por más que haya seguido la noticia desde el día uno (junto con opiniones a favor, en contra, desde el adentro y el afuera), no logro comprender correctamente el mecanismo de las retenciones; sin embargo, sí me veo en posición de opinar sobre las justificaciones que se han presentado al respecto. No considero justo relacionar éste conflicto con una diferencia de clases socio-económicas. Creo que la polarización (de clases) que se viene gestando en el país desde hace ya varios años, ha producido conflictos internos en las clases sociales argentinas, por lo que seguir haciendo hincapié en éste problema, puede desviar la atención del público, pero, asimismo, puede encauzar una “guerra de clases”. Es decir, ¿Cómo lograremos vivir en un país unido si, cada vez más, se nos inclina a detestar a las personas que no se encuentran en nuestra misma situación socio-económica? No pude evitar escuchar a varios amigos míos justificando el tema en cuestión con la expresión “claro, ahora los ricos en vez de ganar un millón de pesos, quieren ganar dos millones”. Mi respuesta a esto es la siguiente: ¿Cuál es el problema? Todo trabajador desea poder mejorar sus ganancias. Por ejemplo: un hombre dueño de un pequeño bar familiar (aclaración: el ingreso del hombre y su familia es suficiente como para que la familia subsista) desea aumentar sus ventas para así poder cambiar el televisor de su casa por uno más grande. ¿Por qué éste último caso es diferente al del millonario? Los dos buscan una riqueza innecesaria. Si continúo con el razonamiento de mis amigos, podría decir que no es justo que, el hombre y su familia, quieran (y logren) aspirar a más de lo que necesitan. Si realmente creemos esto, tendríamos que cambiar nuestro sistema “democrático” por un sistema un tanto más parecido al comunista, donde nadie, por más esfuerzo que haga, pueda ser digno de una recompensa superior a la que la mayoría de la población cree justa obtener. Puede no ser éste el verdadero problema de las retenciones, pero me pareció necesario aclarar la confusión de algunas personas que puedan pensar de manera similar.
(aclaración: el texto fue pensado como una carta de lectores, que no envié por su extensión. Además, no pude terminarla por falta de tiempo en el momento en que la escribí. Aunque quería compartir mi opinión.)

2 comentarios:
Estimado Alejandro:
Sinceramente considero muy significativo el que hayas publicado en internet tus opiniones acerca de este tema que es de suma importancia hoy en día y no es el único. Hay mucho otros que comparten tu opinión, incluyendome, por lo que tenés que saber que no estas solo, tanto yo como otros deseamos demostrar nuestro desagrado y desprecio por este gobierno y sus dirigentes en particular así como las distintas ramas que no sobresalen en el gobierno y/o sociedad. Estamos haciendo qu nuestras palabras se escuchen y de distinto modo, deseo felicitarte y espero que sigas opinando,lo que más se necesita que es nos escuchen hoy en día.
Esta muy bueno el texto que escribiste, es un importante grano de arena que muestra la realidad al mundo y a esta sociedad, algo ignorante en el tema.
Marcos Rouan
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